Porque en noches de viernes, por encima del ensordecedor ritmo machacón de la mediocridad, hay espacios donde uno puede evadirse, por ejemplo, en la claustrofóbica intimidad de la música y la sensualidad de un ascensor en marcha.

La banda canadiense Arcade Fire demuestra una vez más que se puede alcanzar el éxito sin abandonar su inquietud artística y originalidad creativa.

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